Bienvenid@

En este nuevo camino me centro en mí, escucho a mi guía interior que me conduce por parajes no siempre conocidos, no siempre seguros, algunos escarpados como la tierra volcánica de la que soy pero esa misma tierra es la más fertil que existe. La que produce grandes cosechas y el vino más dulce. Así es mi guía hecho de fuego y lava que destruye para crear mi presente, presente en consonancia con mi destino. A veces no lo quiero escuchar, quiero sumergirme en las aguas cristalinas, en el mar profundo y solo centrarme en mi pero, ¿qué pasa cuando no escuchas al guía? la marea se revuelve, te agita con toda su fuerza, te saca de las profundidades y te arrastra hasta la superficie y te vuelve a undir y te vuelve a sacar y entre tanta sacudida, tanto dolor, tanta confusión oyes una pequeña voz que dice: deja de luchar, ya no te quedan más fuerzas, esta malgastando tu energía. ¡Estupida voz! No sabe de lo que habla. Quiero seguir luchando, hasta que venza a esta ola, hasta que pueda mantenerme en la superficie de esta tormenta.

Cuando crees que es el final y ya no puedes dar más de ti, te dejas ir...

Y como un milagro, lo que creías era tu final es tu salvación, es la marea la que te empuja hasta la orilla.  

Todos hemos tenido alguna ola de estas en nuestra vida, yo he tenido varias y me gustaría decir que iba sobre una tabla de surf disfrutando de la experiencia y pidiendo más, pero no fue así. Me sentía revolcada por la ola, con la arena incrustada en cada poro de mi piel, el pelo alborotado lleno de arena y algas marinas y mi fuerza y mi entusiasmo totalmente hundidos en el fondo marino. Hasta que aprendí a escuchar a mi guía. No siempre lo mejor para mí es lo que deseo, a veces me ha llevado por caminos extraños, dando rodeos que parecen inútiles y que con el tiempo he descubierto lo valiosos y ricos que fueron.

El tiempo... es algo curioso. Tratamos de medirlo, de controlarlo, de poseerlo pero es él quien nos controla y nos posee a nosotros. Corriendo sin parar a mirarnos, sin parar a sentirnos, sin disfrutar de los pequeños momentos que son los regalos maravillosos de la vida. Oler la brisa del mar, sentir el sol en la piel, sentir como la lluvia nos moja, sentir cada segundo, cada momento.

Estamos continuamente en el pasado recordando, pensando que habría hecho diferente, culpandonos o disfrutando de un tiempo que creemos fue el mejor y por ello ya no miramos lo que tenemos delante. O nos pasamos el tiempo mirando al futuro, pensando en qué viene después, qué pasa mañana, creando ansiedad en situaciones que aún no han llegado y que puede que sean completamente diferentes. Valoramos el tiempo en logros y exitos, en medallas y objetivos alcanzados sin darnos cuenta que lo importante es disfrutar del camino y compartir lo que tenemos, lo que somos.

Y en este momento estoy yo, después de dar vueltas en circulo muy provechosas, después de que la ola me arrastrara, dejara mi trabajo fijo y me mudara de ciudad, llego al momento en el que quiero compartir todo lo aprendido, todo lo vivido para ayudar a personas a que esos cambios en sus vidas sean más armoniosos. Para que cuando llegue la ola nos podamos subir en la tabla de surf y disfrutemos del recorrido.

Aprender a aceptar el destino, aprender que hay una fuerza superior que lo guía todo y que no controlamos todo en la vida como creemos y queremos, este sin duda fue uno de los aprendizajes que más me costaron. Porque  la vida es así, nos la pasamos planeando cosas y luego llega ella y hace lo que quiere. Es un acto grande aceptar nuestro destino y aceptar que a veces hay cosas que no se pueden cambiar por mucho que luchemos. Una vez lo consigues los altibajos del mar cada vez son menos.

 

 

 

 

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